Dispatches

Padre Nuestro

Buscando a Dios de Corazón

Painting courtesy of Lars Justinen/licensed from GoodSalt.com

La brisa fresca del mar de Galilea acariciaba las costas de Capernaúm aquella mañana. El sol apenas comenzaba a brillar y, adentrados con sus barcas, hacía rato que los pescadores se afanaban en sus labores del día. Algunos de los más cercanos a Jesús y quienes le hospedaban se preguntan qué habría sucedido con él, a dónde habría pasado la noche el Maestro. De repente, uno de ellos nota que hay un hombre que baja del monte cercano; ya cerca de la aldea se dan cuenta que se trata de Jesús.

Toda aquella noche, el Señor estuvo orando; allí, a solas, alejado del bullicio de los que venían a él para escucharle o ser sanados, el Hijo de Dios se mantuvo en la presencia del Padre celestial. A pesar del desvelo, no hay muestras de fatiga en el rostro de Jesús; más bien, se advierte en él una profunda paz y serenidad que parece contagiar a esos pocos que se le acercan. Uno de quienes le reciben, sin hacer preguntas, sabiendo lo que Jesús estuvo haciendo durante la noche, le dice: “Señor, enséñanos a orar.”

¡Cuánto tiempo esperó el Maestro por esa petición! Desde que el Señor llamó a los doce y ellos tomaron la decisión de seguirlo, muchas cosas extraordinarias acontecieron. Aunque habían aprendido mucho al lado del Maestro; sin embargo, al parecer, no estaban satisfechos. De repente como que entendieron que la fuente continua del poder de Jesús era el tiempo que Él pasaba en oración; que ser discípulo de Jesús es algo más que ser testigo de hechos extraordinarios y de mantener una actitud pasiva, de ser meros espectadores que sólo se reúnen alrededor del actor principal. Ellos se dieron cuenta de que también necesitaban orar, pero no sabían cómo hacerlo, y deseaban hacerlo como Jesús.

Me pregunté siempre por qué Jesús oraba tanto. Desde mis primeros pasos como cristiano, aprendí (y creo) que Jesucristo es una Persona de la Trinidad; preexistente a la creación, quien, de hecho, hizo todas las cosas (Juan 1:2-3), poseedor de las naturalezas humana y divina, que, en cuanto a lo humano, en Él habitó “toda la plenitud de la deidad.” (Colosenses 2:9). Sin embargo, Él oraba.

Un día, mientras conducía hacia la ocina y meditaba en esto, repentinamente sentí que el mismo Espíritu Santo me daba la respuesta. En ese momento entendí que la vida de oración de Jesús es un testimonio poderoso a favor de Su humanidad perfecta. La Biblia dice que Él “se despojó de su gloria” y que “se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte.” (Filipenses 2:7) Como humano, Jesús no sólo deseaba orar, pasar tiempo en la presencia del Padre, sino que Él necesitaba hacerlo para recibir guía divina y poder.

Parte del plan de Dios alrededor de la humanización del Verbo es presentarnos un modelo perfecto de sujeción voluntaria al Padre. El humano perfecto sujeto al Espíritu perfecto: Dios. Como hombre, Jesús asume la actitud de la criatura ante el Creador: de humildad, dependencia, y reconocimiento ante el Padre celestial. En un mundo que quiso ser independiente de Dios, Jesús permanece sumiso, sujeto a la voluntad del Padre. Él sabía cómo orar. Por eso el Padre siempre lo escuchaba; los demonios obedecían sus órdenes, los enfermos sanados, los muertos resucitados, y los maestros de la ley no podían resistir su sabiduría. El “admirable, consejero, Dios fuerte” que Isaías profetizó (Isaías 9:6), hasta el momento de expirar se mostró manso y humilde de corazón. El hijo de Dios reveló con autoridad la manera más apropiada de orar.

Capitán Alan J. González es oficial del cuerpo en Winston Salem, Carolina del Norte.
Extractos del libro, The Lord’s Prayer del Capitán Alan J. González. Publicado por el USA Territorio Sur de los Estados Atlanta, 2017. Disponible en Amazon.com

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