Dispatches

Padre Nuestro

“Que estás en el cielo”: La grandeza de Dios

Jesús llamó al cielo “la casa del Padre” (Juan 14:2). Desde allí Dios ejerce toda autoridad sobre el universo. Jesús también declaró que el cielo “es el trono de Dios” (Mateo 5:34). 

Cuando Moisés construyó el Tabernáculo en el desierto, Dios prometió manifestarse en el lugar donde se encontraba el arca del pacto. Pero le dijo a Moisés: “Así dirás a los hijos de Israel: Vosotros habéis visto que os he hablado desde el cielo” (Éxodo 20:22).

Para reemplazar el Tabernáculo, el Rey Salomón construyó un templo en Jerusalén. Dios prometió que Su nombre, Sus ojos, y Su corazón habitarían en aquel lugar y que escucharía las oraciones, perdonaría los pecados, y bendeciría a cuantos lo buscaran en aquel lugar. 

Cuando Jesús enseñó a los discípulos sobre la oración, los judíos estaban convencidos de que Dios habitaba en el templo, y que ese era el lugar donde había que adorarlo. Sin embargo, Jerusalén estaba bajo el dominio de los romanos. El templo pasó a ser una especie de extensión de los edificios gubernamentales, que había sido reedificado y ampliado por el rey Herodes el Grande. Pero, cuidado, ¡Dios no habita en un edificio hecho por hombres! El rey Salomón lo reconoció el día que inauguró el templo. En su oración de dedicación, Salomón dice: “Pero, ¿morará verdaderamente Dios con los hombres en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden contener, cuánto menos esta casa que yo he edificado”.(2 Crónicas 6:18)

Para el tiempo del ministerio terrenal de Jesús, Israel había vivido bajo la autoridad de un rey desde los tiempos de Saúl. Herodes Antipas era el soberano de la región de Galilea, y en Roma estaba el César que gobernaba todo el imperio. 

Una serie de objetos han simbolizado por siglos la alta dignidad de los monarcas; entre ellos, el trono, que ha representado la preeminencia de quien se sienta en él. Sobre el trono de un reino está quien ostenta el máximo poder. La corona y el cetro también representan autoridad real, honor y gloria.

Luis XIV, monarca francés fue uno de los más importantes de su tiempo. En un cuadro, pintado por Rigaud, Luis XIV es representado con gran majestuosidad. Por medio de una serie de elementos alrededor de la figura del orgulloso rey de Francia, el artista trató de simbolizar la opulencia que rodeaba al soberano y expresar su grandeza a través del mármol, los colores carmesí y dorados de la cortina, la pose altiva, las joyas, las vestiduras y el manto de terciopelo azul. Al lado derecho del rey, sobre un cojín, aparece la corona real, mientras él apoya su mano sobre el cetro. 

Es interesante que, para comunicarse con nosotros, Dios se ha valido de símbolos que nos resultan familiares a los seres humanos; de modo que en sus revelaciones, entre otras, se ha manifestado bajo la figura de un rey. Jesucristo nos enseña que nuestro Padre tiene preeminencia sobre toda criatura; en el cielo y la tierra. 

Creo que cuando oramos, el Señor quiere que tengamos en mente que Dios tiene poder absoluto e irresistible. Él no depende de nadie y tampoco pide permiso. Cuando Él decide hacer algo, nadie en el universo puede detenerlo. Como nuestro Padre “que está en los cielos”, Dios está por encima de todas las limitaciones y poderes terrenales. Dios puede organizar el caos, restaurar lo derribado, iluminar las tinieblas, llenar el vacío, y abrir lo que está cerrado. No hay nada que él no pueda hacer. Nuestro Padre está en los cielos. 

Capitán Alan J. González es oficial del cuerpo en Winston Salem, Carolina del Norte. Extractos del libro, The Lord’s Prayer Disponible en Amazon.com

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